sábado, 12 de diciembre de 2015

EN UN INSTANTE


La diminuta semilla, que durante milenios había invernado en la arena estéril de una tierra convertida en desierto, sintió como el rocío de la noche empapaba su alma para hacerla resucitar a la vida. Buceó en busca de la luz hasta que surgió de los escombros para respirar a bocanadas el aire impuro que había aniquilado a sus procreadores. Se sobrepuso al sol directo que abrasaba las pequeñas hojas que brotaban en su cuerpo, venció a la sed, y creció orgullosa, asentando firmemente sus raíces sobre los desechos de una civilización perdida que había secado ríos y extinguido mares hasta su propia muerte. Era la última especie. Habría más como ella en un futuro, pero en ese instante sólo era un insignificante punto verde en un inmenso planeta árido y desolado. Era como el colonizador de un nuevo mundo. La primera de una nueva especie. Y se sentía sola.

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