sábado, 3 de octubre de 2015

La Dama Blanca. El comienzo.


Hola, desde ahora podéis leer un pequeño fragmento de La Dama Blanca, podéis descargarlo en versión Kindle, o en pdf, o simplemente leerla desde esta entrada. Espero que os guste. Aunque os aviso, este fragmento puede estar sujeto a cambios según necesidades de la obra.

La Dama Blanca.

La pequeña comitiva había abandonado el Castillo Willenborough a primera hora de la mañana. Seguir las huellas del lord del castillo no fue difícil. El rastro que dejaban los cien guerreros era inconfundible, machacando la nieve a su paso, marcaban su ruta como si fuese un camino de losas amarillas.


Desde el momento en que abandonaron el castillo, Jamie sintió como los nervios taladraban su piel y se le formaba un nudo en el estómago. Le resultaba muy difícil concentrarse teniéndolo a él tan cerca. Lo había idolatrado desde niña. Recordaba seguirlo a todas partes como un perrito faldero. Lo reverenciaba. Y él lo había sabido siempre. Tal vez, por eso, siempre que estaba tan cerca de él, a pesar de que no podía evitar hacerlo sin babear, o balbucear. Suponía que él debía pensar que era un poco tonta y que por eso nunca la había tomado en serio. Era algo que ya había asumido y ya hacía mucho tiempo que no le importaba. Sin embargo, le asustaba pasar las próximas semanas a su lado, tan cerca de él que era imposible no tener un trato más íntimo y personal. Temía que esa atracción que sentía hacia él aumentara aún más y terminara por enamorarse. Eso sería un gran problema. Un lord no se casaba con una plebeya. ¡Nunca! Y ella no tenía intención de convertirse en otra más en su larga lista de conquistas.
Durante toda la mañana habían cabalgado a paso ligero. Sólo después de que Jack, el escudero, regresara de un reconocimiento de rutina, con el informe de la marcha tan apurada que llevaba el lord, y que lo alejaba de ellos a pasos agigantados; Brandon miró de reojo a Breena, preocupado porque se verían obligados a acelerar el paso para no perder más distancia.
- ¿Podrás hacerlo?
Breena le devolvió la mirada, furiosa.
- Hacer, ¿lo qué? ¿Galopar?
Breena lanzó una mueca como contestación a su afirmación de cabeza. Estaba exhausta, le asustaba galopar, pero, por encima de todo, lo que más le asustaba era permanecer alejada de su marido, por lo que haría cualquier cosa con tal de mantenerse lo más cerca de él.
- Podré hacerlo -le contestó con seguridad.
El pequeño ejército de lord Strone avanzaba como si lo persiguiera el diablo. No sabían si la causa era reducir al máximo la duración del viaje, en su deseo por regresar a su fortaleza, con su esposa, o que había averiguado que estaba siendo perseguido por unos jinetes. Decidieron dar por buena su primera hipótesis, parecía la más sensata; porque, aunque hubiese descubierto que era perseguido por cinco desconocidos, no sólo no serían rival para sus hombres, sino que ya estarían en medio de una emboscada. Y de haber sabido que se trataba de ellos, ya estaría cabalgando en su dirección hecho una furia; no alejándose como si fuesen apestados.
Jamie agradeció el ritmo infernal porque la mantenía alejada del lord. Como él estaba únicamente pendiente de lady Strone, era completamente invisible para él, incluso juraría que ni se había dado cuenta de su presencia. Por lo que su preocupación inicial estaba siendo completamente infundada.
Brandon resopló para sus adentros, temía la cólera cuando Breena se presentase ante él, estaba seguro de que recaería toda en su persona, pues le había prometido que la mantendría segura. Y, para Dowald, su forma de mantenerla a salvo era encerrarla entre las murallas de su inexpugnable castillo, no cabalgando en la nieve y pasando frío por las noches, con el riesgo de ser atacados por cualquier enemigo. No entendería que sus acciones iban todas dirigidas precisamente a eso, a mantenerla protegida, hasta de si misma.
Conociendo como conocía su paranoia por la seguridad y la de los suyos, sabía que debían mantenerse a una buena distancia para no ser descubiertos. Pero no quería alejarse demasiado, porque no deseaba perder la protección que él podría brindarles en el caso de que se encontraran ante una situación que no pudiesen manejar.
El primer día aún no había llegado a su fin cuando Brandon redujo la velocidad de su montura y se colocó al lado de Breena, que había conseguido mantenerse a ese ritmo completamente concentrada en la tarea de dominar a su yegua. Jamie y Liam O'Neills la seguían, vigilando su retaguardia.
La miró preocupado. Se la veía cansada y ojerosa. Pero ella sólo le devolvió una rápida mirada para volver a centrarse en controlar a su yegua. Brandon sabía el esfuerzo que le suponía montar a caballo, y no podía ni imaginarse el trabajo que le estaba costando mantener esa carrera durante todo el día. Sintió el orgullo que sólo un hermano siente por los logros de una hermana pequeña. Que ella era valiente era algo de lo que ya estaba al tanto, pero no dejaba sorprenderle su tesón y su capacidad de superación.
- Este es un buen sitio para pasar la noche -le anunció con autoridad.
Breena tomó conciencia, por primera vez, de lo que había a su alrededor, y levantó la mirada hacia el cielo.
- Aún es de día. ¿Crees que Dow ya se habrá detenido?
Brandon se encogió de hombros. No quería mentirle, pero se sentía responsable de su salud y de su persona, y este había sido un día largo en el que no habían parado ni para comer.
- Supongo.
- ¿Supones? -movió la cabeza en un gesto de duda-. Pararemos cuando él lo haga, no quiero perderlo.
Jamie seguía de cerca a su señora. Ella la intrigaba. Había oído los rumores acerca de que venía del futuro. Había escuchado sobre sus proezas. Se la había imaginado como una guerrera poderosa, casi como un clon de su lord, pero en mujer. Y en el instante en el que la había conocido, le había costado trabajo imaginar que esa mujer, menuda y pequeña, hubiese sido capaz de todas esas hazañas. Pensó en ella como en una impostora. Incluso la había llegado a imaginar como a la anterior esposa de su lord. Fría, distante y vacía por dentro.
Según pasaba el día, y veía su empeño, su fuerza para continuar adelante a pesar de la fatiga que parecía consumirla; su concentración en una cabalgada, que por lo que había deducido de las palabras de lord Wallace, la atemorizaba; la superación de ese miedo, única y exclusivamente por estar con su amado; todo ese valor había conseguido que su opinión sobre ella cambiase, y había comenzado a ver el poder que se escondía en ese cuerpo aparentemente frágil.
Era bien avanzada la noche, cuando Jack regresó de otra exploración con la noticia de que, por fin, el ejército de lord Strone se había detenido. Un suspiro general se escapó de cada uno de ellos. Todos estaban cansados tras ese ritmo infernal y brutal que les había obligado a llevar Dowald Willen.
Ante la insistencia de Brandon de montar una tienda, Breena se negó en redondo. Estaba convencida de que Dow no lo había hecho, y sabía que eso los retrasaría a la hora de ponerse en marcha al día siguiente. Así que la única concesión que Brandon consiguió por su parte, fue el colocar una pequeña lona que hacía de pantalla al frío viento que venía del norte.
Jamie se maravilló de las negativas de su señora a la insistencia de encender un pequeño fuego. Ella no quería ser descubierta por su marido de ninguna manera, y, ni siquiera las palabras masculinas, asegurándole que lord Strone confundiría ese humo con el de alguna cabaña cercana, no la tranquilizaron en absoluto y volvió a negarse de nuevo.
Tras una cena rápida, prepararon unas mantas sobre las que se tumbaron apresurados. Estaban tan cansados que no les importaba ni el frío, ni las incomodidades de dormir sobre un suelo nevado. Breena y Jamie se acostaron una al lado de la otra, mientras los hombres discutían los planes para la noche, preparando los turnos de guardia para proteger el campamento. Jamie se había tumbado malhumorada porque la habían dejado a un lado. Ella se consideraba igual de capaz que los hombres para cumplir con esa tarea.
- Déjalos -le susurró Breena, sonriendo mientras ahogaba un bostezo y se acurrucaba entre las pieles-. Ellos se sienten más hombres protegiendo a sus mujeres, déjalos que sean felices pensando que son útiles.
- No necesito la protección de ningún hombre -le reprochó Jamie.
- Bueno, yo tampoco, pero estoy demasiado cansada para discutir. Deberías aprender a aprovecharte de la situación cuando está a tu favor.
- Es difícil. Toda mi vida me han enseñado a comportarme como un hombre, y en que tenía que ser autosuficiente...
Jamie se interrumpió de repente. Pensando en lo que había estado a punto de decir y que nunca había hablado con nadie antes.
- Te entiendo, yo también he pasado por algo parecido. Desde el asesinato de mi madre, mi padre me entrenó duramente para que fuese capaz de defenderme por mi cuenta. Eso me cambió, dejé de ser una niña para convertirme en un guerrero.
Jamie permanecía hipnotizada por sus palabras y no podía dejar de mirarla, boquiabierta por su confesión. Sonrió por la mueca femenina ante un nuevo recuerdo.
- A mí me costaba mucho trabajo tener amigas -continuó-. Ellas nunca entendieron lo poco importante que era para mí charlar sobre vestidos y chicos.
Jamie se quedó pensativa un buen rato.
- Ahora ya no sé lo que soy -continuó en un susurro, temerosa de pronunciar sus miedos en voz alta-. No encajo en ningún mundo. Los hombres no me consideran una guerrera digna, y las mujeres no confían en mí como curandera porque sólo ven en mí a una guerrera.
Breena apoyó una mano en su brazo.
- Ya somos dos. Durante toda mi vida he tenido que demostrar que era tan buena en mi trabajo como cualquier hombre. Y ahora, aquí, en este tiempo... me encuentro perdida... y sola.
Breena meneó la cabeza tratando de sacudirse la mala sensación que le volvía a la cabeza una y otra vez.
- Nosotros la apreciamos -le aseguró Jamie, sin pensarlo dos veces.
Breena sonrió con timidez y negó con la cabeza.
- ¿Por qué soy la esposa de lord Strone? -le preguntó con sorna.
Jamie esquivó su mirada sin saber qué contestar.
- No sé lo que soy. No tengo mi trabajo, no tengo amigas, y estoy tan perdida... Mi mundo ha desaparecido, y estoy en un tiempo en el que no encajo, en el que no conozco las reglas, y las que empiezo a conocer no me gustan.
Jamie la miró sin pestañear, sin saber qué decirle. No estaba acostumbrada a que otra mujer le hablara tanto y menos la mujer de un lord.
- Es la esposa de un lord, puede hacer lo que le dé la gana -le recordó Jamie.
Breena tuvo que reprimir una carcajada.
- Vamos, Jamie, ¿realmente te crees eso? Me he escapado del castillo de mi marido, para seguirlo a escondidas, porque él no quiso llevarme con él.
- Bueno, él va a una misión del rey. Y los lores no llevan a sus mujeres a las batallas.
Breena se encogió de hombros.
- A eso me refería. Yo sé luchar. Lo he hecho casi toda mi vida. Tú también. ¿Por qué no podemos acompañarlos?
- Porque ellos son los que deciden, mi señora. Le dije que me sentía fuera de lugar, y esa es una de las razones. Quiero ser yo quien dirija mi vida, pero si no es mi padre o mi hermano, es mi señor quien tiene todo el poder sobre mí. Yo nunca puedo decidir lo que quiero.
- ¿Y qué es lo que quieres?
Jamie sopesó una respuesta, era algo que no se había planteado porque nunca habría osado soñar, y menos pensar, con tener ese tipo de privilegio. Se encogió de hombros.
- Bueno, juntas buscaremos un lugar en el que encajar, ¿te parece?
Jamie contestó con un rápido murmullo mientras Brandon y el viejo capitán se tumbaban al lado de ellas, protegiéndolas del frío con el calor de sus cuerpos. El cansancio los rindió casi al instante y se quedaron dormidos.
Breena comenzó a moverse inquieta en mitad de la noche. Tenía frío. Un pensamiento claro surgió en su mente. Estaba atrapada en la nieve, bajo el peso de un caballo, y no tenía fuerzas suficientes para moverlo y escapar. El animal la aplastaba, cerca de su barriga, y le preocupó que lastimara a su bebé. Su mano voló al vientre hinchado para protegerlo. La idea de que se estaba muriendo de frío regresó con pasmosa claridad. Lo sentía pegado a su cuerpo, calándose en sus huesos. Recordó al secuestrador y su amenaza de abrirle la barriga. Comenzó a gritar llamando a Dow, pidiéndole ayuda.
Jamie se despertó en cuanto sintió como Breena se movía inquieta. Durante unos segundos no entendía qué pasaba, ni sabía cómo reaccionar. Le sorprendieron sus palabras susurradas e inconexas, pronunciadas con angustia. Sólo cuando ella gritó, llamando angustiada a Dow, Jamie pegó un respingo. Se quedó paralizada viendo como Brandon se sentaba de golpe y la sacudía hasta despertarla, al tiempo que le cubría la boca para acallar sus gritos.
Breena se despertó sobresaltada y asustada. Lanzó un puñetazo que iba directo a la mandíbula masculina, pero Brandon se apartó con rapidez y la esquivó.
- ¡Breena!
Ella miró a su alrededor, sentándose, tratando de centrarse y de recordar dónde se encontraba.
- ¡Soy yo, Brandon!
- Tenía una pesadilla -murmuró en un intento de disculpa.
- No tenías una pesadilla -murmuró, a su vez, Brandon-, estabas gritando como si te mataran. Han tenido que escucharte en todo el valle. No entiendo cómo aún no tenemos aquí a Dowald en persona, atraído por tus gritos.
Ella escondió la cara entre las manos, avergonzada. No comprendía las razones de sus pesadillas. Nunca antes la habían acosado de esa manera, ni siquiera cuando su madre había sido asesinada; únicamente comenzaron a acecharla cuando Dowald no estaba a su lado. Lo que también era un misterio para ella, porque hacía apenas tres meses que se conocían, pero en ese poco espacio de tiempo ya se había convertido en su tabla de salvación, en el sol alrededor del que giraba su vida.
Jamie observó, incrédula, como Brandon le apartaba las manos de la cara con ternura, y le secaba las lágrimas con los pulgares.
- Estás helada -dijo en voz alta, era apenas una mera apreciación hecha casi para si mismo.
La abrazó con una delicadeza que nunca antes había visto en él, y cuando se tumbó con ella en brazos y la tapó con la manta, Jamie sintió una punzada de celos en el pecho. Muchas veces, desde que tenía uso de razón, había soñado con atraer la atención de ese hombre de esa manera, y que la viese menos como a una sierva, y más como a una mujer. Sabía que había muchas más razones que la alejaban de él, desde la diferencia de clase social hasta el hecho de que ella no era el tipo de mujer con el que siempre lo veía liado, que cosas que los unían.
Ser testigo de la forma tan íntima en la que abrazaba a la esposa de su lord, le pareció poco apropiado, y comenzó a sentirse incómoda. Se llegó a preguntar si a su señor le habrían lanzado algún tipo de maleficio para que todas sus esposas acabaran en los brazos de otros hombres.
- Brandon, no deberías tomarte tantas libertades -susurró Breena, como si hubiese leído los pensamientos de la otra mujer, pero no hizo ningún ademán por alejarse y continuó acurrucada en sus brazos.
Jamie esperó ansiosa la respuesta del lord.
- Te estoy dando calor, estás helada.
- Tu vida correrá peligro si Dow se entera de que te tomas tantas confianzas.
- Soy tu hermano, y su amigo, no va a hacerme daño. Dow tendrá que agradecérmelo. Además, aún no te has recuperado del todo de tu enfermedad y, si te llevo ante él enferma, será cuando me corte la cabeza.
Breena dejó escapar un pequeño ronroneo que se asemejaba a una carcajada contenida. Jamie se quedó sorprendida ante las palabras masculinas. ¿Hermanos? ¿Eran hermanos? ¡Imposible! Conocía a lord Wallace desde que había nacido y nunca en su vida había oído que tuviese una hermana. Además, ¿ella no venía del futuro? Sacudió la cabeza en un intento por alejar el desconcierto, y se recostó de nuevo, cerrando los ojos, procurando recuperar el sueño.
- No dejes que vuelva a chillar.
La súplica angustiada de Breena fue lo último que Jamie escuchó antes de quedarse dormida. Sólo se despertó con el ruido de los hombres al colocarse las cotas de mallas. La oscuridad era casi completa y se preguntó si estarían es su sano juicio al madrugar tanto. Luego recordó a lord Strone, y el ritmo salvaje que llevaba, y pensó que, seguramente, su señor también estaría casi listo para partir.
Se levantó en silencio, preparándose mentalmente para otro día largo y cansando, y comenzó a ayudarlos con los caballos. Se acercó, indecisa, a lord Wallace, respiró hondo y se armó de valor para hablarle.
- Milord -susurró ella, llamando su atención.
- Dime -le contestó, mirándola brevemente, concentrado en terminar su tarea.
Jamie se quedó paralizada por sus ojos. Negros. Penetrantes. Siempre conseguían dejarla sin habla. Pero esta vez, decidió ser fuerte y resistirse a su magnetismo.
- Lady Strone...
Se detuvo. No sabía cómo comenzar una conversación que le resultaba desagradable sólo de pensarlo.
- ¿Qué pasa con ella? ¿Se encuentra mal? -miró hacia donde aún dormía entre las pieles que la mantenían caliente.
Jamie puso los ojos en blanco. Su preocupación era real y eso la molestaba. Mucho. Su señor no se merecía eso. Y ella tampoco.
- Usted se comporta con ella de forma inapropiada.
Brandon dejó lo que estaba haciendo y la enfrentó, atónito. Le sorprendía lo que le estaba diciendo. En especial, porque venía de ella, que nunca, en toda su vida, se había atrevido a dirigirle la palabra.
- No es asunto tuyo, Jamie.
- Mi señor no se merece que usted y la señora lo traicionen.
- Jamie... - la amenazó, en un intento por silenciarla. No quería escuchar de sus labios las erróneas conclusiones a las que había llegado.
- Él ya ha tenido bastante con que su primera mujer se hubiera acostado con cualquier hombre que se le antojara. ¡Y usted es su mejor amigo! -murmuró cada vez más alto, enfadada.
Brandon se plantó ante ella, furioso, su mandíbula desencajada. No iba a permitir que nadie mancillara el nombre de Breena, y que se iniciaran falsos rumores, no ayudaría.
- Jamie, te estás equivocando.
- Sé lo que he visto -siguió en sus trece-. Y no voy a permitir...
- ¿No vas a permitir? -gruñó Brandon. ¿Cómo se atrevía una simple vasalla a lanzarle un ultimátum?-. ¿Tengo que recordarte quién soy yo y quién eres tú?
- Sé perfectamente quién es usted -rezongó ella. Brandon levantó una ceja, expectante-. Y cómo usa a las mujeres. Su fama le precede.
- Te estás equivocando -le informó entre dientes, molesto por verse obligado a justificarse ante una sierva-. Así que olvídalo.
- Nada de eso. No voy a dejar que la historia se vuelva a repetir.
- No me toques las narices -le ordenó.
- Puedo hacer más que tocarle las narices -le advirtió, sin amilanarse.
- ¡Hay que joderse!
Brandon apretó los puños en un intento por controlarse. La única forma que conocía de calmar los nervios era con una buena pelea, o follando duro. Como ninguna de las dos era una opción que pudiese llevar a la práctica, tuvo que hacer acopio de toda su fuerza de voluntad para tranquilizarse. Porque lo único que quería era tumbar a esa mujer sobre sus rodillas y azotar su culo hasta cansarse. Salió de su trance cuando ella le dio la espalda y se alejó toda tiesa.
- ¡Maldita bruja! -musitó.
- Te he oído -señaló ella, mirándolo por encima de su hombro, sin dejar de caminar para terminar sus tareas.
Cuando estuvieron listos, Brandon se acercó a lady Strone y la despertó. Ella lo miró incrédula, con el cansancio reflejado en su cara parecía no saber dónde se encontraba y, durante un segundo, miró a su alrededor, tratando de situarse. Cuando Brandon le informó de que se disponían a partir, se levantó sin rechistar.
Jamie no pudo evitar sentir envidia ante el trato tan cuidadoso que le regalaba a la otra mujer. Nunca lo había visto comportarse de esa forma tan tierna. Él siempre era demasiado desenfadado y le preocupaban poco las mujeres. Solía usarlas, y las olvidaba tan rápido que ni recordaba sus nombres, por eso se había mantenido alejada de él. Aunque no era algo por lo que se tuviera que preocupar porque él nunca se había fijado en ella, ni había demostrado el más mínimo interés en su persona.
- Señoras, si necesitan un poco de intimidad, aprovechad antes de irnos. Tenemos que ponernos en marcha tan pronto se haga de día porque Dowald también lo hará, así que desayunaremos mientras cabalgamos.
Las dos mujeres se miraron la una a la otra. Pusieron los ojos en blanco ante ese dato tan obvio para ellas, y antes de que se adentraran entre los arbustos, Brandon sujetó a Jamie por un brazo.
- No dejes que le pase nada malo -le ordenó en un susurro, sus labios estaban tan cerca de su oreja que Jamie tembló cuando su aliento le calentó el alma y un escalofrío de placer recorrió su cuerpo.
- No os preocupéis, milord, ya sé cual es mi trabajo -se giró antes de que él fuese testigo de cómo sus mejillas se teñían de rojo y se perdió entre la maleza.
Breena siguió a Jamie, quien miró hacia atrás al sentirse observada minuciosamente.
- ¿Qué? -preguntó.
- ¿Qué de qué? -preguntó, a su vez, Breena.
- ¿Por qué me sigue?
- No lo hago.
Jamie hizo una mueca, dejando muy claro que no la creía.
- Vale, te sigo. En mi tiempo las mujeres siempre vamos juntas a este tipo de cosas. Ya sabes, para compartir confidencias y hablar de chicos.
Jamie abrió mucho los ojos, incrédula. E hizo un movimiento negativo con la cabeza.
- Pues no en el mío. Hay cosas para las que una persona necesita de toda su intimidad.
Encontró una pequeña zona resguardada, y señaló otra a unos pocos metros.
- Yo me quedo aquí -le informó con autoridad-, ¿qué tal si usted usa esos arbustos?
Breena se dirigió hacia donde le había indicado. Se bajó los pantalones al tiempo que echaba una rápida mirada a su alrededor, y se agachó para vaciar su vejiga. Se sorprendió pensando en lo fácil que se había acostumbrado a la falta de las comodidades del siglo XXI. Vivir allí era como vivir en un mundo en el que el tiempo parecía haberse paralizado. Sabía que era una falsa ilusión porque allí nadie andaba pendiente de un reloj, sólo el sol marcaba el paso del tiempo. Se acarició la barriga. Y la pequeña redondez, que crecía lentamente, le corroboró que, si bien no se medía el tiempo de la misma forma, sí pasaba igual de rápido.
Sonrió al escuchar a Jamie al otro lado de los arbustos cuando una idea brilló en su cerebro.
- Jamie -su susurro inicial no obtuvo respuesta-. ¡Jamie!
- ¿Está bien, mi señora? -preguntó alarmada.
Breena salió al camino, recolocándose la ropa y envolviéndose en la capa hecha de pieles de lobo blanco.
- A ti te gusta Brandon, ¿verdad? -le preguntó de golpe.
Se escuchó una maldición y Jamie salió apresurada de entre los matorrales.
- ¡No! -murmuró escandalizada al tiempo que miraba a su alrededor para comprobar que nadie la había escuchado.
Breena no disimuló una risa, lo que hizo que se sonrojara todavía más.
- Vamos, he visto cómo te ruborizas cuando te habla.
- Lo siento, señora, pero está equivocada.
- ¡Brandon te gusta!
Jamie respiró profundamente, desesperada por hacer entrar en razón a la otra mujer.
- Lord Wallace no puede gustarme -susurró de nuevo.
- ¡Cielos! No sólo te gusta, ¡estás enamorada de él! -sonrió ante la idea.
- ¡No! ¡Él es un lord y yo sólo una sierva!
Breena la miró con disgusto. Y estaba consternada.
- ¿Me estás diciendo que eso te va a detener para estar junto al hombre al que quieres?
- No importa lo que yo sienta. Como mucho, me utilizaría para pasar un buen rato, y no es eso lo que deseo.
- Brandon no es de esos.
Su señora parecía muy indignada porque ella pensase tan mal sobre Brandon.
- Un lord nunca se casará con una sierva. Y lord Wallace menos que ningún otro.
Jamie no pudo evitar una sonrisa ante otra mueca de su señora.
- Nunca me pareció que a Brandon le importase la clase social de alguien.
- Él es un buen hombre, mi señora, pero los lores no se casan con las siervas.
- Dow se ha casado conmigo.
- Pero usted no es una sierva, mi señora.
- Por favor, deja de tratarme con tanta ceremonia.
- Lo siento, mi señora.
Breena sacudió la cabeza entre disgustada y divertida.
- Vamos a tener que cambiar algunas costumbres por aquí -decidió pensativa, y Jamie no pudo evitar sentir un cosquilleo en la nuca. Sus palabras le dejaron un mal presentimiento.
- Por favor, señora, no quiero que lord Wallace piense que le he pedido ayuda. Él nunca se interesará en mí de esa forma, y yo no quiero ser otra sierva más babeando por él.
- Aún tenemos un camino muy largo por delante. Cualquier cosa puede pasar.
Breena dio por terminada la conversación, dándole la espalda y encaminándose de vuelta al campamento.
El día pasó rápido. Jamie no se había alejado de su señora, temerosa de lo que pudiese hacer, o decirle, a Bandon MacIvor. Y Brandon MacIvor no había dejado de vigilarla a ella con insistencia, preparándose para cualquier nuevo ataque por su parte.
La marcha desenfrenada que llevaban, impuesta por el Señor de la Guerra, se hizo aún más fuerte cuando alcanzaron una llanura, y el lord llevó a sus guerreros a una endemoniada galopada como si fuesen perseguidos por un ejército de demonios.
Brandon se situó al otro lado de Breena para vigilar de cerca su cabalgada, y solucionar cualquier posible problema que pudiera tener con su yegua, en el caso de que fuese incapaz de controlarla. Pero ella volvía, una vez más, a sorprenderle, manteniéndose firme y estable sobre su montura, siguiendo el avance infernal sin ninguna queja.
El día se hizo demasiado largo. Sin tiempo para descansar. Sin tiempo para comer. Sin apenas tiempo para recuperar el aliento, y, aún menos para charlar. Cuando el sol se ocultó tras unas montañas y, por fin, se detuvieron, sus cuerpos estaban maltrechos y sus piernas entumecidas después de las largas horas montados a caballo.
Brandon estiró las piernas para desentumecerlas y que la circulación volviese a circular por sus venas. Se detuvo en seco al ver los intentos de Breena por desmontar y se acercó a ella. Se disponía a sujetarla por la cintura, pero se detuvo para pedirle permiso.
– ¿Necesitas mi ayuda?
Brandon ocultó una sonrisa ante la cara de desagrado de ella al ver comprometida su independencia. Sabía la lucha que sucedía en su interior. Por un lado deseaba decirle que no, pero el cansancio podía más que su dignidad.
– Por favor –le dijo, por fin.
Brandon la bajó del caballo y la sujetó, pegándola contra su cuerpo cuando las piernas femeninas fallaron y no lograron mantenerla en pie. Breena se agarró a su cota de mallas y escondió la cara en su pecho, avergonzada. Sólo levantó la cara cuando escuchó la risita masculina en su oído. Ella frunció el ceño.
– ¿Te parece gracioso? –le preguntó con malhumor.
Brandon se puso serio al momento.
– Para nada –le contestó con cara de no romper nunca un plato.
– Eso espero, porque sabes que puedo matarte mientras duermes... solo con mis manos.
– Lo sé.
– Pues no lo olvides.
Jamie ocultó una sonrisa ante las amenazas de su señora. Ya se había encargado de su caballo y estaba haciendo lo mismo con el de su señora, cuando ella, por fin, consiguió sostenerse por si misma. En el momento en el que ella se le unió para ayudarla a colocar las mantas, se sintió incómoda. Ella era la esposa de su lord, y ese era un trabajo para una vasalla, no para una dama.
Lord Wallace se acercó a colocar sus mantas junto a las de ellas, y, mientras lo hacía, Liam O'Neills se acuclilló a su lado y le tocó un brazo.
No se dijeron nada, pero pareció haber un mutuo y silencioso entendimiento entre los dos. Jamie sintió como se le erizaban no sólo los pelos de la nuca, sino también los del resto del cuerpo. Breena se llevó la mano a la espada que colgaba de su espalda. Brandon y Liam se levantaron a la vez, listos para repeler cualquier amenaza. Jamie y Jack los imitaron.
La amenaza surgió de la oscuridad, de entre los árboles. Una docena de hombres, con sus cotas de mallas, corrieron hacia ellos para atacarlos. Brandon sujetó a Breena por un brazo y la ocultó tras su espalda.
– Detrás de mí –le ordenó con una seriedad poco habitual en él.
– ¡No me jodas, Brandon!
Brandon apenas levantó una ceja mientras le dirigía una rápida mirada de aviso.
– ¡No me jodas tú a mí! –le advirtió mientras se defendía del primer atacante–. Si te pasa algo, soy hombre muerto.
Breena se mantuvo detrás de él a regañadientes, luchando por proteger su espalda de la misma forma en la que él la protegía a ella. Jamie se enfrentaba a otro de los hombres sin alejarse demasiado de su señora. Y tanto el escudero como el viejo capitán chocaban sus espadas con los otros asaltantes. Era una lucha desigual, pero formaron un grupo compacto creando un círculo perfecto que era imposible de traspasar, logrando mantener a raya el ataque. La pregunta que se hacían era cuanto tiempo lograrían repelerlos antes de caer muertos bajo sus espadas, vencidos por el cansancio.
Brandon, siempre esperando el golpe oportuno, supo que no tenían más opción que arriesgarse y atacar, en lugar de defenderse. Salió de la formación, sabía que Breena había hecho lo mismo, siguiéndolo, pegada a su espalda, y maldijo en silencio. ¿Esa mujer no sabía lo que significaba la palabra prudencia?
Tres de los asaltantes lo rodearon rápidamente, atacándolo sin piedad. Él devolvía cada una de las estocadas con igual brutalidad. Protegidos por sus cotas de mallas y sus armaduras, apenas conseguían hacerse daño, pero Brandon los golpeaba una y otra vez tratando de encontrar algún punto débil en su defensa. Breena asestó varios golpes igual de contundentes cuando alguno se acercaba demasiado por algún punto ciego que podía pillar desprevenido a su protector.
Brandon lanzó un golpe fuerte que casi resquebrajó el hierro de la armadura de su oponente, se escuchó un bramido furioso en medio de la oscuridad. Y la respuesta fue inmediata, dos de los guerreros se abalanzaron sobre él.
Brandon lanzó su grito de guerra con rabia, dispuesto a morir luchando. Los dos guerreros se detuvieron en seco. Alguien gritó el nombre de Lord Wallace. Y en ese mismo instante todo se paralizó. Los asaltantes se replegaron y detuvieron el ataque.
– ¿Lord Wallace? –preguntó, incrédulo, uno de los guerreros.
Brandon bajó su espada. Esa voz le era familiar.
– ¿James? –preguntó a su vez.
– Sí, milord.
– ¿Qué narices estás haciendo aquí? –preguntó malhumorado por haber sido sorprendido tan fácilmente. Había pensado que estaba cubriendo su rastro a la perfección y que había sido lo suficiente cauteloso como para que el paranoico de Strone no los descubriese.
– Supimos que nos seguíais desde la primera noche. Encontramos vuestro campamento, lord Strone pensó que podía tratarse de una coincidencia...
Brandon lo interrumpió con una sonrisa burlona.
– Sí, seguro que ese fue su primer pensamiento.
– En realidad, nos ordenó vigilarlos de cerca. Que hoy nos siguierais de nuevo fue una gran pista, sobre todo con la locura de prisas que lleva mi señor.
– Ya me he dado cuenta, parece como si lo persiguiera el diablo.
– ¿Trae noticias de casa? ¿Ha pasado algo malo?
– Todo estaba bien cuando salí de allí.
– Lo llevaré al campamento. Supongo que lord Strone querrá hablar con usted en cuanto sepa que era usted quien nos seguía.
– Supongo que no me queda otra opción.
Brandon se volvió hacia el resto de su grupo y les ordenó levantar el campamento. Breena se le acercó mientras ensillaba su montura.
– Brandon, no puedes descubrirme –le suplicó en un susurro.
Él levantó los ojos al cielo, pidiendo clemencia.
– No creo que sea fácil ocultarte –murmuró.
– En cuanto lleguemos al campamento, me mezclaré entre el resto de los hombres.
– ¿Crees que ellos no se van a dar cuenta de quién eres y no se lo van a decir?
– No, si no descubren que soy una mujer. Voy vestida como un hombre, ni se fijarán en mí.
– No va a ser fácil.
– Milord –murmuró también Jamie, uniéndose a la conversación–. Os ruego que no le digáis a mi padre que he venido con vos.
– ¡Diosssss! –bramó Brandon–. ¡Esto va a ser más difícil de lo que pensaba! Es preferible luchar mil batallas antes que meterse en líos de mujeres...
Breena no se contuvo y le asestó un golpe en la base de la nuca. Él gimió de dolor.
– Vale –explotó–. Lo intentaré, pero no prometo nada. Dowald tiene un sexto sentido para las mentiras.
El pequeño grupo siguió a los soldados que los dirigía a través de la noche, sin casi luz que les permitiese ver hacia donde se encaminaban. Brandon se mantuvo junto a Breena para asegurarse de que no tenía problemas en plena oscuridad.
– Brandon, vete –le ordenó en un susurro–. Atraerás la atención sobre mí si te mantienes a mi lado.
– ¿Puedes seguirnos bien?
– ¡Deja de comportarte como un si fueses mi padre!
– Me comporto como tu hermano. Y no quiero ser el culpable de que te pase algo malo, aprecio demasiado mi cabeza.
 – Pues si aprecias tu cabeza, más te vale mantener la boca cerrada y no decirle nada a Dow.
– Como si fuera tan fácil...
Las luces del campamento se distinguían fácilmente desde la distancia, como si una pequeña ciudad hubiese sido plantada ante ellos. Mientras lo atravesaron, hasta llegar al lugar en el que acampaba lord Strone, la luz de las hogueras iluminaban su camino y los arropaba con un calor agradable.
El pequeño grupo desmontó al mismo tiempo, casi como si lo hubiesen ensayado. Las mujeres procuraron mantenerse en un segundo plano, ocultándose tras el enorme corpachón de Liam.
Jamie tenía la esperanza de que si su padre no la había visto durante el trayecto al campamento, fuese capaz de pasar desapercibida durante el resto del viaje. Breena necesitaba evadir a su marido a toda costa, aún era muy pronto para correr el riesgo a ser descubriera. Estaban todavía demasiado cerca de casa, y era muy capaz de mandarla de vuelta al castillo, por lo que tenía que evitarlo de cualquier manera inimaginable. Ser descubierta no era una opción.
Dow sólo se fijó en Brandon. Sus ojos echaron chispas al verlo ante él sin ningún atisbo de culpabilidad por haber faltado a su palabra. Eso no era propio de su amigo. Estaba tan cabreado por haber sido obligado a abandonar a su amada al día siguiente de su boda, y él, que lo había dejado al cargo de su esposa, la había abandonado para unirse a él, que su único pensamiento era retorcerle el cuello hasta desahogar su rabia.
– ¿Qué haces aquí? –preguntó Dowald, encarando a Brandon, por lo que, sin pretenderlo, se puso de espaldas a Breena, lo que provocó que un suspiro de alivio escapara de los labios femeninos, medio amoratados por el frío.


(Esto es todo por ahora. No puedo publicar el resto hasta que esté terminada porque no voy escribiendo los capítulos seguidos. Lo siento, pero tendréis que esperar hasta que esté terminada, que será en breve. Gracias por leerme)

16 comentarios:

  1. Hola Clara estoy emocionada por favor no tardes demasiado con la novela

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Gracias. Estoy con ella. Espero acabar pronto.

      Eliminar
  2. oh por Dios!! ojala acabes pronto!!! esta genial!!

    ResponderEliminar
  3. No nos dejes asiiiii!!! Sea pronto!!! Graciassss!

    ResponderEliminar
  4. No nos dejes asiiiii!!! Sea pronto!!! Graciassss!

    ResponderEliminar
  5. Dios cuando se terminara este suplicio, cuando vuelves a poner otro capitulo????

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Lo lamento, pero hasta que la haya terminado no podrá ser, porque siempre estoy cambiando y corrigiendo escenas.

      Eliminar
  6. POR FAVOR ¡CUANDO? , SE QUE NO ES FÁCIL PERO UNA APROXIMACIÓN GRACIAS AVISARME A SANTIEUCATY@YAHOO.ES CHAO

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Aún no tengo fecha de publicación, lo siento. Tanto en mi blog como en mi página de facebook de La dama blanca https://www.facebook.com/La-Dama-Blanca-671633572980063/ podrás seguir sus avances. Gracias.

      Eliminar
  7. Hola me encanta y estoy deseando leer la segunda parte porfabor para cuando saldra gracias

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Hola, gracias por leerme. Aún no tengo fecha, pero pronto. Saludos,

      Eliminar
  8. hola !! termino de leer el caballero negro y me quede con ganas de mas,para cuando la dama blanca
    por faaaaa!!

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Hola. Gracias por leerme. Estoy intentando terminarla pronto.

      Eliminar